Cada año pasa desapercibido un día que nos sirve para nutrir lo que nos hace más humanos: nuestra propia familia. Poder frenar y celebrarlo, sembrará un hábito saludable y amoroso que nos hará crecer como personas.

Cada año, el calendario nos trae celebraciones bien individualizadas: día de la madre en octubre, día del padre en junio, a los amigos en julio, niños en agosto. Son fechas hermosas, necesarias y cargadas de una emocionalidad comercial evidente. Sin embargo, pasa desapercibido el 15 de mayo que es el Día Internacional de la Familia.
Como profesional de familia, suelo decir que, si el día de la madre celebra el "corazón" del hogar, el día de la familia celebra el organismo completo, el sistema vivo que nos permite ser quienes somos. Hablar de familia hoy puede parecer complejo, porque las familias tienen muchas formas de ser. Ya no existe un único modelo válido: hay familias ensambladas, monoparentales, extendidas, adoptivas, familias formadas por abuelos que crían nietos, por madres solas, por dos papás, por dos mamás, o incluso por vínculos afectivos que no comparten ADN, pero sí cuidado, sostén y pertenencia. Y justamente allí está el verdadero valor de esta fecha: no se celebra una estructura perfecta, sino el espacio humano donde aprendemos a amar, convivir, discutir, reparar y crecer.
Es un día para "todos"
Vivimos en una sociedad acelerada, atravesada por el cansancio, la incertidumbre económica, las pantallas y la falta de tiempo compartido. Muchas veces convivimos bajo el mismo techo, pero totalmente desconectados. Se habla mucho de productividad, de rendimiento y de éxito, pero poco del estado emocional de las familias, de cómo están las relaciones puertas adentro. Festejar a la familia es valioso porque pone el foco en el vínculo. La familia sigue siendo el primer laboratorio social en donde nos permitimos ser como somos: donde aprendemos a negociar un control remoto, a pedir perdón tras un portazo y a entender que el bienestar del otro me afecta directamente. Donde no importa las veces que quieras renunciar, siempre estará disponible tu propio lugar en ese sistema.
Celebrar este día es poner en foco que la familia es un refugio dinámico y flexible, del que sentimos genuina pertenencia. Es el reconocimiento de que, más allá de los logros individuales, existe una "mística grupal" que merece su propio reconocimiento, validación y brindis. Desde la Orientación Familiar vemos cada vez más situaciones de soledad emocional, dificultades para comunicarse, niños que necesitan atención afectiva, adolescentes que piden presencia más que regalos, adultos agotados y parejas que dejaron de encontrarse. Frente a eso, el Día de la Familia puede transformarse en mucho más que una efeméride: puede convertirse en una oportunidad para detenerse y preguntarse cómo estamos viviendo juntos.
¿De dónde sale festejar a la familia?
Esta fecha no nació al azar. Fue proclamada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1993, con un objetivo político y social más que festivo. Con el propósito de visibilizar que la familia es la unidad básica de la sociedad y que, si ella se debilita, el tejido social se desgarra. Desde entonces, cada 15 de mayo se busca reflexionar sobre cómo los cambios económicos y sociales afectan a nuestros hogares. Un recordatorio para los Estados, en su deber de proteger este núcleo vital humano, pero también un llamado a nosotros mismos, los ciudadanos, para que cuidemos la salud emocional de nuestras "pequeñas tribus".
¿Y qué hacer para festejarla?
Celebrar a la familia no debería reducirse a una foto sonriente, a una linda salida o una comida especial. Es celebrar su propia resiliencia: reconocer aquello que sí funciona en medio de las dificultades, agradecer el esfuerzo cotidiano, valorar a quien sostiene, acompaña, escucha o intenta cuidar aun con errores. Recordando que ninguna familia es perfecta, pero muchas siguen luchando diariamente por permanecer unidas emocionalmente.
En este día, podemos resaltar tres aspectos para tener presente y hacérnoslo notar de alguna manera:
Podemos festejar nuestra identidad compartida: ¡Somos los Villalba! Y compartimos esos códigos internos, chistes que solo nosotros entendemos y rituales (como "los sábados de salchichas” -porque es el día libre de cocinar- o tirarnos en la cama grande a hacernos cosquillas entre todos) que nos dan sentido de comunidad.
Reconozcamos que nos cuidamos entre todos: agradecer las cosas que hacemos en el tiempo invisible: quien llevó a los chicos al colegio, quien escuchó pacientemente un pesado día laboral o quien cocinó cuando el otro estaba cansado.
Celebremos que somos una familia siendo cada uno distinto, y que eso es fantástico. Celebremos que la familia es donde hay amor y compromiso, quitémosles el peso a los estereotipos y démoselos a la presencia real. Es el verdadero lugar en donde la frase “cada uno es único” se ve en carne viva y se respeta, pero, sobre todo, se ama.
A los argentinos nos sobra pasión, a veces nos falta pausa
Vivimos en una coyuntura que suele ser estresante y donde el "apagar incendios" cotidiano nos roba la calidad del encuentro. Mi propuesta para este 15 de mayo es simple pero profunda, hagamos un "contrato de presencia": no hace falta un regalo costoso ni una salida rutilante, mi propuesta es más simple, regalarnos un verdadero momento de desconexión digital total para generar una conexión emocional real. Si están oxidados en esto de conectar sin dispositivos, acá les regalo un ejercicio puntual. Durante la cena, la merienda o el mate del 15 de mayo, cada integrante de la familia comparta una respuesta a esta pregunta: “¿Qué es lo que más valoran de nuestro equipo familiar?”. Es un ejercicio de validación potente: podrán escuchar a un hijo decir que valora el esfuerzo de sus padres, o a un padre reconocer la madurez de su adolescente, verdades que están ahí pero no siempre decimos; cosas que fortalecen nuestros vínculos más cercanos.
Hagamos del 15 de mayo una pausa necesaria
Transformémosla en una oportunidad para enseñarles a los niños y jóvenes que la familia no se mide por la perfección, sino por la capacidad de acompañarse aun en los momentos difíciles. Que el amor familiar no siempre se demuestra con grandes actos, sino en la presencia cotidiana. Celebremos que, a pesar de las crisis, los desacuerdos y las corridas, al final del día, siempre hay alguien que nos espera para compartir el pan. Porque, al fin y al cabo, la familia es el único lugar donde nos conocen tal cual somos y, aun así, deciden quedarse. Cuando una familia logra mirarse, escucharse y cuidarse mejor, no solo mejora la vida dentro de esa casa, también mejora -poco a poco- la sociedad que construimos entre todos.