Se eligieron durante más de 50 años sin prometerse exclusividad ni futuro. Entre cafés parisinos, guerras y libros que cambiaron el mundo, inventaron una forma de amar que todavía incomoda.

En el París de entreguerras, pensaron el amor como pensaban la filosofía. (Foto: AP)
No se prometieron fidelidad. Se juraron verdad.
París, 1929. Dos jóvenes brillantes caminan por los pasillos de la Sorbona como si ya supieran que estaban destinados a cambiarlo todo. Jean-Paul Sartre, desbordado de ideas, ironía y ambición filosófica. Simone de Beauvoir, lúcida, ferozmente inteligente, decidida a no ser “la mujer de nadie”. Se enamoran rápido, pero no ingenuamente. Lo que sienten es demasiado grande como para meterlo en una jaula.
Francia vive entre dos guerras. La Primera dejó cicatrices visibles; la Segunda todavía es una sombra que nadie quiere nombrar. París es un hervidero intelectual: surrealistas, marxistas, psicoanalistas y existencialistas en gestación discuten en cafés ahumados hasta la madrugada. La moral tradicional empieza a resquebrajarse, pero aún pesa. Pensar distinto es un acto político. Amar distinto, una provocación.
Simone tiene 21 años y ya incomoda. Nació el 9 de enero de 1908, en París, en el seno de una familia burguesa, católica y conservadora. Su padre, Georges de Beauvoir, era abogado; su madre, Françoise Brasseur, profundamente religiosa. Durante años le enseñaron a ser “una señorita bien”, pero Simone hizo exactamente lo contrario: perdió la fe siendo adolescente, decidió no casarse jamás y convirtió el pensamiento en su forma de rebelión. Camina rápido, piensa más rápido todavía y no sonríe para agradar. Quiere escribir, filosofar, vivir sin pedir permiso. Años después será una de las intelectuales más influyentes del siglo XX y la autora de "El segundo sexo", el libro que cambiará para siempre la manera de pensar a las mujeres y el feminismo moderno.
Jean-Paul Sartre es bajo, miope, brillante, provocador. Nació también en París, el 21 de junio de 1905, en una familia marcada por la ausencia: su padre, oficial de la Marina, murió cuando él era apenas un bebé. Fue criado por su madre, Anne-Marie —de familia protestante y emparentada con Albert Schweitzer— y por sus abuelos maternos, rodeado de libros, estímulos intelectuales y una libertad poco común para la época. Habla sin parar, se burla de todo, parece no tomarse nada en serio excepto las ideas. Con el tiempo se convertirá en el máximo referente del existencialismo, autor de “El ser y la nada”, novelista, dramaturgo y figura pública disruptiva, al punto de rechazar el Premio Nobel de Literatura en 1964 porque no creía en las consagraciones institucionales.
Cuando se cruzan, no son solo dos estudiantes brillantes: son dos biografías que ya vienen desafiando su tiempo. Y quizás por eso, desde el primer momento, entienden que ese encuentro no puede terminar en una historia común.

No se prometieron fidelidad ni convivencia, pero construyeron lealtad intelectual. (Foto: AFP)
Se conocen preparando el examen más temido de Francia: la agrégation de filosofía. Compiten y se admiran al mismo tiempo. Discuten durante horas sobre Kant, Hegel, Husserl. Se desafían. Se ríen. Caminan París como si la ciudad fuera un tablero intelectual: de la Sorbona al Jardín de Luxemburgo, del café Bec-de-Gaz a las mesas largas donde el mundo parece poder reinventarse a fuerza de palabras.
Sartre queda segundo. Primero queda Jean Hyppolite, quien más tarde será reconocido como uno de los grandes traductores de Hegel en Francia. Simone, tercera. Es la mujer más joven en aprobarlo. Ya desde ahí rompen una regla.
Empiezan a verse todos los días. A hablar de todo. De literatura, de política, del cuerpo, del miedo a la vida convencional que los espera si no se rebelan a tiempo. El amor aparece como se presenta lo inevitable: sin pedir permiso, sin promesas, sin guion previo. No es un amor que pide refugio; es un amor que empuja.
No se separarán nunca más. Su relación comienza en 1929, cuando todavía son estudiantes y el mundo parece abierto, y se extenderá hasta la muerte de Sartre, en 1980. Más de 50 años de un vínculo sin forma tradicional, pero de una constancia absoluta.
Sartre entiende rápido que Simone no es una mujer a la que se pueda “tener”. Simone entiende que Sartre no es un hombre al que se pueda domesticar. Y en lugar de forzar al otro a entrar en un molde, hacen algo insólito: piensan el amor.
Pensarlo significó discutirlo todo: el deseo, los celos, el tiempo, el cuerpo, la escritura. Se leían mutuamente cada página antes de publicarla. Se criticaban sin piedad. Se empujaban a ir más lejos. No eran solo amantes: eran una comunidad de pensamiento de a dos, una usina intelectual que se retroalimentaba sin jerarquías formales, aunque el mundo insistiera en ver a Simone como “la discípula”.
Sartre le propone matrimonio. Simone dice que no.
No por falta de amor, sino por exceso de libertad.

Ensayaron una relación abierta como acto político y existencial. (Foto: AFP)
Lo que construyen es un pacto inédito para la época, y todavía incómodo para muchos, aunque cada vez más de moda hoy: una relación abierta, consciente, hablada. Ellos la llamaron “amor necesario”. Todo lo demás serían “amores contingentes”. No había engaño, no había secretos (o al menos, ese era el ideal). Había acuerdos. Había palabras. Había una decisión radical: no poseerse.
Durante más de 50 años fueron pareja sin vivir juntos, sin casarse, sin hijos, sin renunciar jamás el uno al otro. Y, al mismo tiempo, amaron a otras personas. Mujeres, hombres, discípulos, colegas, amantes intensos y pasajeros. Hoy lo llamaríamos poliamor. En los años 30 y 40, era casi una herejía.
Ese pacto tuvo nombres propios y consecuencias reales. Simone vivió uno de sus amores más profundos con Nelson Algren, el escritor estadounidense que la amó lejos de París y le ofreció una vida distinta, menos intelectualizada y más visceral. Sartre, en cambio, se vinculó con varias mujeres más jóvenes, muchas de ellas alumnas o discípulas, relaciones que el mundo toleró con indulgencia. El acuerdo era el mismo, pero el juicio no: mientras a él se le celebraba la libertad, a Simone se la señalaba. Incluso en el amor libre, la desigualdad de época seguía marcando el pulso.
Pero no se trataba de libertinaje, como muchos quisieron reducirlo. Para Simone y Jean-Paul, amar sin exclusividad era una forma de coherencia filosófica. Si la existencia precede a la esencia, si el ser humano es radicalmente libre, ¿por qué el amor debería ser una cárcel? ¿Por qué pedirle al otro que renuncie a partes de sí para tranquilizar nuestros miedos?
La historia tampoco les dio tregua. La ocupación nazi, la Resistencia, la posguerra, el compromiso político. Sartre fue prisionero de guerra; Simone sostuvo, escribió, enseñó. Después vendrían Argelia, Vietnam, el Mayo del 68. Su pacto amoroso no existió al margen del mundo: convivió con la violencia, la militancia y la necesidad urgente de tomar posición.
Simone pagó un precio más alto. Mientras Sartre era celebrado como genio, a ella la juzgaban por “tolerar” lo que en él se aplaudía. Aun así, nunca se colocó en el lugar de víctima. Escribió, pensó, amó, eligió. Y dejó algo claro: el amor no vale más cuando duele, ni es más profundo cuando exige sacrificio.
Tuvieron crisis. Celos. Silencios. Distancias. Ninguna épica romántica es aséptica. Pero siempre volvieron al mismo punto: la complicidad intelectual, el diálogo infinito, la certeza de que el otro era hogar sin necesidad de encierro.
Cuando Sartre murió, Simone escribió La ceremonia del adiós. No fue una despedida sumisa ni idealizada. Fue un acto de amor adulto: mirar al otro en su fragilidad final y agradecer el camino compartido, con todo lo que fue y todo lo que no.

También su forma más profunda de compromiso. (Foto: AP)
Ellos no creían en el “para siempre” como promesa romántica.
Creían en el “para siempre” como elección diaria.
Nada de lo que escribieron estuvo separado de cómo vivieron. La libertad que defendieron en sus libros fue la misma que se atrevieron a ensayar en su intimidad. Con errores, contradicciones y costos. Pero sin traicionarse. Como si su historia amorosa hubiera sido, en sí misma, una obra en permanente revisión.
Mucho antes de que el mundo hablara de vínculos abiertos, de no monogamia ética o de poliamor, Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre ya estaban ahí: demostrando que amar también puede ser un acto de libertad, y que hay historias que no necesitan exclusividad para ser eternas.
Porque a veces, el amor más profundo no es el que encierra, sino el que se atreve a dejar al otro ser.
Fuente: TN
